
Pero lo que Denis ignoraba era que precisamente en ese lugar de tan sosegado aspecto se celebraba, justo aquel día, la reunión mensual de los Aficionados al Pez de Agua Dulce Rambouilletiano. Cuando estaba a medio comer vio irrumpir de repente una comitiva de caballeros de resplandeciente tez y joviales maneras que, en un abrir y cerrar de ojos, ocuparon siete mesas de cuatro cubiertos cada una. Ante tan súbita invasión, Denis frunció el ceño. Mas, como se temía, el maître acabó por acercarse cortésmente a la suya.
– Lo siento mucho, señor -dijo aquel hombre lampiño y cabezón-, ¿pero podría hacernos el favor de compartir su mesa con la señorita?
Denis echó una ojeada a la zagala, desfrunciendo el ceño al mismo tiempo.
– Encantado -dijo incorporándose a medias.
– Gracias, caballero -gorjeó la criatura con voz musical. Voz de sierra musical, para ser más exactos.
– Si usted me lo agradece a mí -prosiguió Denis- ¿a quién deberé yo? Agradecérselo, se sobreentiende.
– A la clásica providencia, sin duda -opinó la monada.
Y a continuación dejó caer su bolso, que Denis recogió al vuelo.
– ¡Oh! -exclamó ella-. ¡Tiene usted unos reflejos extraordinarios!
– Sí… -confirmó Denis.
– Sus ojos son también bastante extraños -añadió la joven al cabo de cinco minutos-. Los veo parecidos a… a…
– ¡Ah! -comentó Denis.
– A granates -concluyó ella.
– Es la guerra… -musitó Denis.
– No le entiendo…
– Quería decir -explicó Denis-, que esperaba que le recordasen a rubíes. Pero al oír que sólo ha dicho granates, no he podido por menos que pensar en restricciones. Concepto que, por una relación de causa efecto, me ha llevado acto seguido al de guerra.
– ¿Estudió usted Ciencias Políticas? -preguntó la morenita.
– Le juro que no volveré a hacerlo.
– Le encuentro bastante fascinante -aseguró llanamente la señorita, que, entre nosotros, lo había dejado de ser muchas ya más veces de las que pudiera contar.
